Tenía una conversación con L. Era una de esas conversaciones completas donde recorres los temas de películas, teatro, libros, política y religión. Soy bastante (pseudo)tolerante, entonces escucho -o intento escuchar- los puntos de vista ajenos.
En el punto que hablábamos de religión y su influencia en las personas, ella me dijo:
-"Todos hacemos las cosas, buenas o malas, por motivos egoístas. Es algo normal del ser humano. Mira, aun cuando la gente ayuda a otros lo hace aunque sea para sentirse bien consigo mismo".
Respondí, con una posición evidentemente contraria a la de ella. De ser así, dónde queda el amor, la santidad (en la que creo y aspiro como católico), el desinterés. Digo, de no existir esos sentimientos ¡ni siquiera tendrían nombre!
En fin, a pesar de todo, en estos días he estado pensando mucho en ese enunciado. Me puse a escarbar en mis recuerdos aquellas veces que he ayudado a alguien y encontré con que ciertas veces lo hacía y efectivamente sentía una gran satisfacción como respuesta. Sin embargo, no recuerdo que esa sensación haya sido motivo alguno para hacerlo.
Todos los actos de caballerosidad (ya los he nombrado algunas veces, no voy a repetir) no han surgido de "si lo hago, me voy a sentir bien", sino más bien de una sensación de compasión o deber cívico -depende del caso. Mis momentos con amigos, para consolarlos o ayudarlos, no provienen de un "así luego él lo hará por mí" sino de mera empatía y amor. Al menos así lo percibo, no busco satisfacción ni gratificación de todos mis "actos buenos". Tal vez sea inconsciente.
Sin embargo tengo que reconocerlo. Hay veces que sí tengo mis momentos de bondad provenientes en parte de una sensación egoísta. Hay un señor con cataratas que cruza una calle más o menos a la misma hora que yo voy hacia la oficina. Cuando me acerco al lugar por donde él pasa espero con ansias que él esté ahí y que yo pueda ayudarle porque la forma en que me toma del brazo para que yo lo guíe es idéntica a como lo hacía mi abuelo. Idéntica.
Y cada vez qu lo ayudo me lo recuerda, me doy cuenta de cuánto lo extraño, y lloro el resto del camino al trabajo. Y aún así, mi yo masoquista y mi yo anclado al recuerdo, esperan al día siguiente que el señor se encuentre ahí de nuevo para ver quién le ayuda a cruzar.
En el punto que hablábamos de religión y su influencia en las personas, ella me dijo:
-"Todos hacemos las cosas, buenas o malas, por motivos egoístas. Es algo normal del ser humano. Mira, aun cuando la gente ayuda a otros lo hace aunque sea para sentirse bien consigo mismo".
Respondí, con una posición evidentemente contraria a la de ella. De ser así, dónde queda el amor, la santidad (en la que creo y aspiro como católico), el desinterés. Digo, de no existir esos sentimientos ¡ni siquiera tendrían nombre!
En fin, a pesar de todo, en estos días he estado pensando mucho en ese enunciado. Me puse a escarbar en mis recuerdos aquellas veces que he ayudado a alguien y encontré con que ciertas veces lo hacía y efectivamente sentía una gran satisfacción como respuesta. Sin embargo, no recuerdo que esa sensación haya sido motivo alguno para hacerlo.
Todos los actos de caballerosidad (ya los he nombrado algunas veces, no voy a repetir) no han surgido de "si lo hago, me voy a sentir bien", sino más bien de una sensación de compasión o deber cívico -depende del caso. Mis momentos con amigos, para consolarlos o ayudarlos, no provienen de un "así luego él lo hará por mí" sino de mera empatía y amor. Al menos así lo percibo, no busco satisfacción ni gratificación de todos mis "actos buenos". Tal vez sea inconsciente.
Sin embargo tengo que reconocerlo. Hay veces que sí tengo mis momentos de bondad provenientes en parte de una sensación egoísta. Hay un señor con cataratas que cruza una calle más o menos a la misma hora que yo voy hacia la oficina. Cuando me acerco al lugar por donde él pasa espero con ansias que él esté ahí y que yo pueda ayudarle porque la forma en que me toma del brazo para que yo lo guíe es idéntica a como lo hacía mi abuelo. Idéntica.
Y cada vez qu lo ayudo me lo recuerda, me doy cuenta de cuánto lo extraño, y lloro el resto del camino al trabajo. Y aún así, mi yo masoquista y mi yo anclado al recuerdo, esperan al día siguiente que el señor se encuentre ahí de nuevo para ver quién le ayuda a cruzar.
